La pandemia por COVID-19 ha desencadenado una crisis económica y humanitaria en todo el planeta. La aparición del SARSCoV-2 ha desnudado falencias en diversos sistemas de asistencia sanitaria, incluso en países del primer mundo, y nos ha enfrentado a profundos cambios en las esferas académica, profesional y personal (1).

 

Muchas cosas impactan alrededor de esta enfermedad: el inmediatismo de la información con los “conteos” de muertos, enfermos y recuperados casi en tiempo real y por ubicación geográfica; los cambios que hemos presenciado (en cuestión de días) en las estrategias terapéuticas, muchas de ellas sin sustento basado en evidencia sólida; el desmedro en la rigurosidad académica y en la producción científica de los últimos meses, aunado a la laxitud de revistas antes reconocidas como de "alto estándar", al publicar todo aquello que lleve en su título “COVID-19”; la inclusión, casi dogmática en los protocolos de atención de casos pediátricos sospechosos de COVID-19, de intervenciones usadas en adultos, como realización de tomografía de tórax con fines diagnósticos, abolir o evitar terapias de soporte respiratorio de uso rutinario en niños (cánula de alto flujo, ventilación no invasiva), restringir el acompañamiento de los padres durante la enfermedad o el uso de medicamentos sin probada eficacia y seguridad.

 

Y preocupa mucho que el cuidado de los más desprotegidos se esté dejando a un lado; el cuidado de los niños ha pasado a un segundo plano, se les mira como vectores de la enfermedad y su aislamiento es necesario para “cuidar” a la sociedad. Los confinamientos nacionales nos han llevado a bajar la guardia en los programas de promoción de la salud y prevención de la enfermedad (programas de vacunación, detección precoz de alteraciones del crecimiento y del desarrollo, seguimiento de enfermedades crónicas, atención por urgencias, etc.); hemos retrocedido siglos en los logros alcanzados por la medicina, y en particular por la pediatría, y pareciera que estamos volviendo a retomar los paradigmas del siglo XIX donde la pediatría hacía parte de la medicina general y las enfermedades de los niños eran consideradas como las mismas enfermedades de los adultos, a las que el organismo infantil les imprimía un sello particular. En pocos meses estarán saliendo a flote las consecuencias de todo lo anterior, como ya se empieza a observar en países como Italia y Reino Unido (2,3).

 

Los niños con COVID-19 han representado entre el 1 y el 5% de los casos diagnosticados; en países como Italia, que ocupa el tercer lugar en número de infectados en el mundo, los niños han sido solo el 1% del total de pacientes, 11% de ellos estuvieron hospitalizados y ninguno falleció (4). Las manifestaciones clínicas en los niños son similares a las observadas en los adultos, pero la enfermedad ha sido más leve, con mucho mejor pronóstico, siendo la muerte un evento extremadamente raro (5,6). Poniendo todo esto en la necesaria balanza del riesgo-beneficio, medicamentos como hidroxicloroquina, remdesivir, lopinavir-ritonavir, inmunoglobulinas, etcétera, que a la fecha siguen sin tener suficiente evidencia en medicina de adultos, no deberían ser tenidos en cuenta para su uso masivo en la población pediátrica, máxime si el curso clínico de la enfermedad es leve y la inclusión de esas medidas no variará su evolución natural, pero si podría sumar riesgos.

 

Las crisis no generan oportunidades, generan incertidumbre; los médicos deberíamos saber trabajar en la incertidumbre. En la medicina actual la incertidumbre tiende a ser ignorada, suprimida, como un mecanismo de defensa. Lo incierto nos da sensación de vulnerabilidad, miedo por lo que nos espera. Nuestra profesión consiste en manejar un gran número de variables clínicas y paraclínicas, que nos permiten, junto con la bibliografía y la experiencia acumulada, la toma de decisiones para el accionar con el paciente (7).

 

¿Qué sucede entonces en esta crisis mundial? Estamos frente a un virus nuevo, una enfermedad nueva, por lo tanto no hay experiencia y la producción bibliográfica aún está en ciernes; falta mucho camino para que nuestro conocimiento al respecto sea sólido y se avalen conductas médicas basadas en la evidencia. Sin experiencia clínica y sin evidencia, lo que tenemos es incertidumbre. Pero eso no debería angustiarnos, pues es parte de la medicina desde sus orígenes. Citando a Osler (8) en el siglo XIX “la medicina es una ciencia de probabilidades y un arte de manejar la incertidumbre”.

 

Sin embargo, no todo es incertidumbre y hay razones que nos permiten evitar la angustia; este virus ocasiona algo con lo que los pediatras estamos familiarizados y solemos afrontar cada temporada: una infección respiratoria que puede llevar a una insuficiencia respiratoria; el miedo o las fake news no deberían nublar nuestro pensamiento y nuestro accionar. Y si bien el virus ha cambiado nuestra forma de asistir a los pacientes (por ejemplo con el uso de los equipos de protección personal), no debería cambiar nuestras pautas de tratamiento. Es por ello que si estamos ante una enfermedad conocida (por ejemplo bronquiolitis, sepsis, neumonía bacteriana) y la sospecha obliga a descartar infección por SARSCoV-2, las prácticas de atención que usualmente hacíamos en estos casos no deberían variar ni retrasarse, pues esto iría en detrimento de la correcta atención de estos pacientes. Allí, en la asistencia directa con el niño enfermo, es donde tenemos convicciones, certidumbres de lo aprendido durante nuestros años de formación y ejercicio profesional.

 

En este contexto mundial más que nunca debemos manejarnos en la incertidumbre, como nuestra profesión lo requiere, y hacer bien lo que sabemos hacer, dándole lo mejor a nuestros pacientes y antendiendo a aquella máxima médica de Primum non nocere

 

Alberto Serra. Pediatra Intensivista, Uruguay. LARed Network

Sebastián González-Dambrauskas. Pediatra Intensivista, Uruguay. LARed Network

Juan Camilo Jaramillo Bustamante. Pediatra Intensivista, Colombia. LARed Network

 

Bibliografía

  1. Ioannidis JPA. Coronavirus disease 2019: The harms of exaggerated information and non-evidence-based measures. Eur J Clin Invest. 2020; Apr;50(4):e13222

  2. Lazzerini M, Barbi E, Apicella A, Marchetti F, Cardinale F, Trobia G. Delayed access orprovision of care in Italy resulting from fear of COVID-19. Lancet Child Adolesc Health. 2020 May;4(5):e10-e11

  3. Crawley E, Loades M,  Feder G, Logan S, Redwood S, Macleod J. Wider collateral damage to children in the UK because of the social distancing measures designed to reduce the impact of COVID-19 in adults. B MJ Paediatrics Open 2020;4:e000701

  4. Parri N, Lenge M, Buonsenso D, Coronavirus Infection in Pediatric Emergency Departments (CONFIDENCE) Research Group. Children with Covid-19 in Pediatric Emergency Departments in Italy. N Engl J Med. 2020 May 1;

  5. She J, Liu L, Liu W. COVID-19 epidemic: Disease characteristics in children. J Med Virol. 2020 Mar 31;

  6. Ludvigsson JF. Systematic review of COVID-19 in children shows milder cases and a better prognosis than adults. Acta Paediatr Oslo Nor 1992. 2020 Mar 23;

  7. Simpkin AL, Schwartzstein RM. Tolerating Uncertainty - The Next Medical Revolution? N Engl J Med. 2016 Nov 3;375(18):1713–5.

  8. Young P, Finn BC, Bruetman JE, Emery JDC, Buzzi A. [William Osler (1849-1919): the man and his descriptions]. Rev Med Chil. 2012 Sep;140(9):1218–27.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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